—Increíble.
—¿Qué cosa?
—Los analgésicos.
—¿Por qué lo dices?
—Me tomé una pastilla para el dolor de cabeza, y terminó quitándome ese que llevaba conmigo hace tiempo.
—¿El que te venía cada tanto?
—Ese mismo.
—¿Pero eso está bien, no? Para eso son los analgésicos.
—Sí, pero era un dolor que no pedí que me quitaran. Ya era muy mío, ¿sabes? Muy… no sé, muy mío, ¿sí me entiendes?
—No mucho.
—Pues cuando un dolor es muy tuyo, muy… tú sabes…
—¿Muy qué? Cuando a mí me duele algo, me tomo una pastilla y ya. Es más, a veces no me tomo nada, dejo que el dolor se me pase solito.
—¡Ay, no sé! Pues tú sabes, cuando uno duele. Cuando un dolor es tan tuyo que solo a ti podría dolerte. Era un dolor constante, velando, día y noche, aquí en la nuca, aquí, mira, toca, pon los dedos aquí, aquí donde se une la cabeza con el resto del cuerpo. Era como si me pesara el cráneo, el pelo, yo qué sé. Y ahora es como si nada me soportara la cabeza, como si se me fuera a zafar.
—Muy tuyo sí era.
—Me hace falta.
—¿El dolor?
—Sí.
—¿Cómo vas a extrañar un dolor? No seas masoquista. ¿Quién en su sano juicio va a querer que le duela algo?
—No sé, pero siento un leve desamparo. A veces, cuando medio dejaba de sentirlo o cuando sentía que se me estaba olvidando, así como cuando estás empezando a olvidar a alguien y lo piensas más solo para que no desaparezca, no todavía, no del todo, que duela un poquito más. Bueno, así, cuando medio dejaba de sentirlo, de alguna forma lo traía de vuelta, me apretaba fuerte acá, acá en donde se une la cabeza con la nuca, para sentir el nervio vivo, tieso como una piedra. Y ahí lo encontraba, agarrotado, como si no quisiera soltarme. Por eso digo que era muy mío. Pero ahora me aprieto y nada. Tengo miedo de que se me termine zafando la cabeza.
—Definitivamente te encanta mortificarte tú solita. Te recuerdo que eso de los cilicios y las penitencias ya no se usa.
—No se trata de cilicios. Simplemente se había convertido en parte de mi rutina, como cuando me preparo el café apenas me despierto. Ya estaba ahí, antes de abrir los ojos. A veces incluso esperaba con ansias su llegada. Al final me rendí, y se volvió tan natural que no sabía si yo era yo o el dolor mismo. No sabía dónde comenzaba yo y dónde terminaba él. Mira, aquí, toca. Donde la cabeza se une con la nuca, en la primera vértebra. Y ahora que no está… ¿qué me queda?