
Últimamente me gusta quedarme horas tomando el sol. Bueno, quizás no últimamente. De pronto es una tendencia, no, más bien una necesidad, que ya viene gestándose desde hace algún tiempo. Me agrada lo parsimonioso de sentarme en el patio de mi casa a tomar el sol y no hacer absolutamente nada junto a mis cuatro perros. Ellos tampoco hacen nada; cada uno se echa donde le place y respira. A veces se acuestan por ahí y me miran y yo les devuelvo la mirada y nos miramos. Me gusta esperar que mis manos y mis pies, siempre tan helados, se calienten. ¿Seré de sangre fría? ¿Una despiadada sin corazón? Cuando el sol se va corriendo, yo me corro con él, buscando su calor, evitando la sombra. Ayer, mientras César me cocinaba unos huevos con panceta y salchichas, me dijo que no entendía cómo podía caber tanta comida en un ser tan pequeño y menudo como yo. Como mucho, sí, montones. Es como un hambre vieja. “Tiene la solitaria”, me han dicho. Me he preguntado lo mismo muchas veces, y quizás todas las personas que me conocen también. ¿A dónde se le va tanta comida? ¿Tendrá parásitos? Me quedé en silencio un momento mientras lo veía revolver los huevos y le respondí como si fuera algo muy serio: “Creo que es porque pienso mucho”. Me miró y me dijo mientras seguía revolviendo los huevos y la casa se llenaba del olor a panceta: “Puede ser. Tiene sentido”. Cada vez que salgo con alguna de mis ocurrencias, me dice que tengo mucho tiempo para pensar, es decir: que estoy desocupada. Después de mucha consideración, porque de verdad es un misterio que a mí también me causa mucha intriga, he llegado a la conclusión de que pensar me consume mucha energía, quizás demasiada, probablemente más de la que tengo diariamente.
No sé si fue antes o después de esa charla que le dije que ese día había consumido mucha energía y por eso tenía tanta hambre. Me preguntó que en qué, si para él no había hecho gran cosa, ya que yo no había estado trabajando en los últimos días. Yo intenté recordar qué hice para tener tanta hambre. Me preguntó si había hecho ejercicio y le dije que no, pero que al día siguiente sí me iba a levantar temprano a entrenar, lo cual no hice. “¿Entonces qué tanto hiciste?”, me preguntó. Todo eso con su acento chileno. “Muchas cosas”, le respondí mientras recordaba. Me levanté. Desayuné avena con fresas y granola. Tomé el sol con mis cuatro perros. Me miraron, los miré. Me bañé. Calenté el almuerzo. Almorcé con él. Jugamos cartas durante cuarenta minutos. Le gané. Él se fue a trabajar. Otra vez la solitaria. Vi tutoriales de maquillaje. Me maquillé. Tomé una medio siesta, porque la culpa de no haber lavado los platos todavía no me dejaba dormir del todo. Me paré. Me volví a delinear los labios. Me retoqué el bronceado. Finalmente lavé la loza y metí la ropa sucia en la lavadora. Claramente no le di la lista de todo lo que había hecho, así como tampoco le conté lo que realmente me había consumido por dentro. Pero no vayan a creer que esta condición mía es algo de lo que me enorgullezca. Al contrario, a veces me gustaría pensar menos, o a veces nada. Ser menos imaginativa, más disciplinada. Ahora entiendo por qué la melancolía era tan detestada en los conventos. Era una peste mucho peor que la locura. De ahí que la cura fuera buscarles algún oficio a los enfermos, mantenerlos ocupados con cualquier cosa. Ahora entiendo a mi mamá cuando me mandaba a agarrar una escoba cuando me veía ida, mirando algo y a la vez nada.


