Acerca de una casa y otras cuestiones domésticas

Una casa nunca termina, no tiene fin. Todos los días hay que hacer las mismas cosas, una y otra vez. Una casa sucia se siente pesada, y cuesta respirar. No se limpian solas ni por obra y gracia del Espíritu Santo. Después de barrer, hay que barrer de nuevo, como si no se hubiera barrido nunca. No hay nada como respirar profundo después de una buena limpieza. Huele a limpio. Pero dura poco. Las labores no acaban, se multiplican, se acumulan. ¿Cómo? Nadie sabe. Es un misterio, doloroso. En una casa, el que está aburrido es porque quiere, no por falta de oficio. Con esa infinidad de tareas, ¿quién podría aburrirse? Tita me dijo en la cocina que nunca se aburría. Aquello me asombró. ¿Estaría mintiendo? No creo. Siempre se ve tan sosegada. Aunque nadie sabe. Mi casa tiene muchos nombres, todos inventados por mi madre. El museo del pelo es de mis favoritos. Pelerío aquí, pelerío allá. Aunque parezca que se barrió, ahí siguen. ¿De dónde salen? ¿Por qué? Cuando mi mamá dice alguna palabra rebuscada, yo la anoto mentalmente mientras me río. Por lo general, se le ocurren cuando está refunfuñando, como un golpe de gracia. Ella no sabe, pero ya tengo todo un diccionario de ocurrencias. Sin quererlo, ya empecé a usar algunas de sus expresiones. Son tan pegadizas. Las repito cuando limpio. Esta casa nunca para limpia. El locurero. El barco prendido. Es como si me hubieran invadido lenta y disimuladamente. En mi casa hay un reloj detenido. Lleva así hace años. Un día le dije a mi papá que lo botaran, que eso traía mala suerte, que no dejaba avanzar, pero nadie me escuchó. No sé a qué horas se detuvo ni por qué. Tal vez de aburrimiento, tal vez cansancio. ¡Oh! Qué agotador debe ser. No me gustan los días de verano. Los días se vuelven tan largos. Es como si no quisieran terminar nunca. No hay nada como la noche, esa sensación de que el día está acabando, ese sopor. En mi casa hay escondidijos y duendes. Las cosas caminan. Un día las dejas aquí, y al otro aparecen allá. Tienen patas. Son raudas, escurridizas, se niegan a tener un solo lugar. Las descuidas un segundo, y ya están en otro lado, y luego tú buscándolas. Después de un tiempo aparecen como si nada, campantes, las muy condenadas. Otro misterio, gozoso. Cada una tiene sus manías y sus recurrencias. Somos seres temáticos. ¿Pero quién no? En esta casa, todo es digno de ser contado. 

Cuando el vecino no está, las gallinas hacen fiesta. Las veo todos los días por la ventana. ¿No se aburrirán de hacer las mismas cosas todos los santos días? Son tan determinadas. Pero no son las gallinas del vecino, sino de la vecina del vecino. El vecino vive en Santiago, y viene cada tanto. La vecina suelta las gallinas cuando el vecino no está, y ellas caminan a sus anchas, bien frescas. Se la pasan comiendo. Por andar coma que coma, ni siquiera ven por dónde caminan. Y si no comen, chismosean. También murmuran unas de las otras. Son copuchentas. Lo sé. Veo cómo se miran entre sí. Cuando hay un chisme, una deja lo que sea que esté picoteando y sale corriendo desesperada. También me observan a mí. De tontas no tienen ni un pelo. Hacen que picotean mientras me miran de reojo. Probablemente piensan que soy una metiche, que qué hago mirándolas si tengo tanto que hacer. Quién sabe qué más cosas habrán visto. Yo las dejo que hablen, que piensen lo que quieran; al fin y al cabo, yo no vivo del qué dirán. Cacarean más bajito cuando me acerco a la reja, y yo hago como que no las escucho mientras les echo agua a los perros. Saben algo que yo desconozco. Cuando salen corriendo, de la nada, con el pescuezo todo estirado, me pregunto cuál es su prisa. Me gustaría decirles “sosiéguense un poco, mijitas”, pero cada gallina con su tema. Además, ¿quién soy yo? Pero por momentos me entran unas ganas insoportables de salir corriendo con ellas para saber qué las llama, cuál es la urgencia. Cuando llueve, se congregan debajo de una mesa de plástico y empiezan a cuchichear, todas apretujadas, sabrá Dios de qué, mientras yo las miro disimuladamente por la ventana de la cocina. Desde ahí no logran verme, pero saben que las miro. Sé lo que es sentirse observado. ¿Se imaginará el vecino lo que ocurre cuando no está? Debe de estar pensando que en su casa no pasa nada. Qué ingenuo. ¡Ugh! Qué aburrido cuando no están y no puedo husmearlas. Los días se hacen más largos. No me queda más remedio que encontrarme con el reflejo opaco que me devuelve la ventana. 

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