El pueblo era seco y polvoriento. A Eugenia siempre le había gustado llegar y encontrar que todo seguía cubierto por la costumbre, como una costra difícil de quitar. Todo había perdido sus colores naturales y se había curtido de ese polvo amarillento que se metía hasta en los huesos. Sus habitantes tenían la piel áspera y los talones secos y renegridos. Casi todos andaban descalzos. El polvo amarillento era lo único que traía el viento. Raspaba las miradas al pasar y llagaba las bocas. Todo el pueblo parecía una fotografía vieja y descolorida. Olía a calor, a carretera destapada.
La primera vez que Eugenia sintió su boca seca y llena de polvo comprendió el gran silencio que caracterizaba al pueblo. Se decía solo lo necesario. Las palabras raspaban. Algunos tenían la lengua partida de tanto hablar. Otros ni lengua tenían. La mañana en que aparecieron los primeros síntomas, se acercó a Carmen corriendo. La encontró sentada en la puerta de la casa, con su abanico de cartón, agarrando la poca sombra que caía del árbol marchito que todos sembraban al frente de sus casas para protegerse del sol. Nada la turbaba. Solía cantar todas las noches, pero las malas lenguas decían que el polvo se le había metido tan adentro que le secó el cuerpo. Ahora estaba chupada por partes y le colgaba la piel. Sin embargo, después de varias visitas al pueblo, Eugenia se dio cuenta de que Carmen tarareaba a solas, secretamente.
Cuando Eugenia se le acercó a Carmen esa mañana, abrió mucho la boca para enseñarle las heridas abiertas y le dijo: “Engo una iaga en a engua”. Carmen la miró y, sin desplegar siquiera sus labios rasgados por el tiempo, le susurró, muy cerquita: “Es el polvo…”. Sin saber cómo, Eugenia comprendió lo que tenía que hacer. Pero nadie le había enseñado cómo hacerlo; estaba demasiado acostumbrada. La incomodidad se presentó enseguida. La garganta le punzaba convulsivamente y le ardía. Cuando sentía un pálpito en la lengua, se la mordía duro, aguantándose las ganas. Pero estaba tan empecinada en hablar, solo por hablar, solo porque sí, que soltaba cualquier cosa, la más insignificante que fuera, como para no perder la costumbre. En esos primeros días, conoció la verdadera hambre. Cuando se levantaba con una flema enredada en la garganta, tragaba saliva con fuerza, como queriendo hundirla. Por momentos, miraba a Carmen con desesperación y, en un arrebato loco, escupía una sospecha de palabra, aunque a veces era más bien un gruñido. Pero Carmen seguía mirándola con ojos compasivos, tarareando una que otra cosa con gran sabiduría. Después de gruñir, Eugenia volvía a sentir la boca seca y llagada.
Con los días, el desasosiego se fue atenuando y la costumbre empezó a hacer de las suyas. La lengua de Eugenia se aquietó un poco, el atragantamiento cedió y su boca fue recuperando su humedad. Sus llagas también fueron cerrándose. Un día, incluso se sentó con Carmen a la puerta de la casa a ver pasar el tiempo, sin la necesidad de decir nada. Estaba ahí, a su lado, mientras Carmen se abanicaba con su cartón viejo, parsimoniosa. Eventualmente, también le improvisó uno a Eugenia. Ambas veían pasar a los caminantes de todos los días, descalzos, descalzas, haciendo las mismas cosas. El día que Eugenia peinó a Carmen por primera vez sintió una ternura extraña. Le sorprendió lo pequeña que era la cabeza de Carmen y lo liso y sedoso que era su pelo negro. ¿Cómo una cabeza tan pequeña podía albergar pensamientos tan grandes? Con disimulo y sin que su abuela se diera cuenta, Eugenia se tocó su propia cabeza, frunciendo el ceño, esperando encontrar alguna similitud heredada. ¿Pensarían igual? Y aunque no había necesidad de peinarla mucho, ya que tenía el pelo corto y liso, Eugenia se demoraba y le peinaba, gustosa, los mismos tres pelos, como para charlar un rato. La peinaba con la mano. También platicaban cuando Eugenia la ayudaba a aplicarse las gotas de colirio. Carmen se sentaba, echaba la pequeña cabeza hacia atrás y con dos dedos se abría grande uno de los ojos. Eugenia se inclinaba temerosa y con cuidado dejaba caer una gota. Carmen cerraba los párpados, movía los ojos de un lado a otro y luego los abría de nuevo. Después pasaba al otro. Mismo procedimiento. Por momentos, Eugenia sospechaba que Carmen se estiraba así los ojos para verla mejor. Y en las noches, cuando se acostaba junto a Carmen, cada una en sus catres, mirando al techo, Eugenia escuchaba un rumor dentro de ella.
Una noche, cuando el rumor se hizo más intenso, quiso contarle a Carmen lo que le ocurría. Apurada, se incorporó y a tientas buscó la linterna que siempre dejaba al lado de su almohada. Bruscamente, se acercó a la cama de su abuela y le iluminó el rostro. Los ojos hundidos y opacos de Carmen la miraron. Pero cuando Eugenia estaba a punto de decir algo, ocurrió lo inevitable. Carmen la miró y supo lo que le estaba pasando a su nieta. Eugenia intentó arrancarse una palabra, pero se le atascó en la garganta. Desesperada, buscó papel y lápiz para escribir, pero tenía la mano tan floja que solo se le escurrieron un par de garabatos, reflejos del balbuceo. Se miró las manos. Luego abrió la boca y, con una mano, intentó extraer algo de su interior. Después de hundirla y hundirla, lo único que salió fue polvo, nada. En ese momento, recordó que al día siguiente tenía que regresar a la ciudad. ¿Y si abría la boca y salía polvo? ¿Si gruñía? Se tapó la boca, espantada. ¿Si tarareaba? Por primera vez, sus ojos se humedecieron. Cuando miró a Carmen de nuevo, la encontró sonriendo, abriéndose grande el ojo.