—Me estás jalando muy duro. Primero tienes que desenredar las puntas y después los nudos.
—¿Cuántas veces te he dicho que no lo hagas? ¿Qué parte de eso no entiendes?
—Pero es que ya lo tengo muy largo, parezco una virgen de pueblo. Mira hasta dónde me llega.
—No me importa, así me gusta. Entre más tensa te pongas, más te voy a jalar. Ponte derecha.
—Ya sabes que es de las puntas a la raíz, no al revés. Por eso siempre termino con la nuca tiesa y con dolor de cabeza.
—Deja de quejarte tanto. Si fueras más mansita y dejaras de agarrarme la mano, no te dolería nada.
—Tengo que cortármelo, aunque sea las puntas. Ya parece un estropajo. Mira cómo tengo las puntas todas abiertas y resecas.
—¿Y qué pasa? No quiero volver a saber que te lo cortas tú sola, o te quito las tijeras. Yo te lo veo bien, largo, bonito, como el de una mujer abnegada, de bien, de su casa.
—Solo son las horquillas, nada más, un dedo. Ya me pesa de lo largo que está. Claro, a ti no te importa porque no es tu cabeza.
—¿Cómo te va a pesar si solo es pelo? ¡Déjate de locuras! El pelo es para tenerlo en la cabeza y ya. Y si te demoras mil horas peinándolo, pues lo haces y listo. ¿Qué más tienes que hacer en la vida, a ver? No quiero que andes por la calle toda desgreñada, como una loca. Deberías estar agradecida de que tienes un esposo que te peina todas las noches.
—Sí pesa. Siento una cosa acá en la nuca cada vez que lo tengo suelto, no me hallo, no sé, y más cuando lo tengo mojado. No puedo mover la cabeza para ningún lado de lo agarrotada que estoy. La gente dice que me estoy torciendo hacia un lado.
—¿Qué gente? Pura envidia es lo que te tienen. No te dejes llenar la cabeza de cucarachas. Yo te veo perfectamente bien. Dizque torcida.
—¿Envidia de qué? Yo no me doy cuenta sino hasta que alguien me lo dice. Además, de lejos se ve reseco y opaco. Cada vez que paso por ahí me dicen que parece el pelo de una escoba.
—¿Y a ti qué te importa lo que digan de ti? Si no te movieras tanto, no te jalaría. Quédate quieta y verás. ¿Sí ves? Así. Calladita te ves más bonita.
—Si lo tuviera más corto y menos enredado, lo peinarías más fácil y no me dolería tanto.
—Pero a mí no me gusta corto. Deja de quitarme la mano. Así pareces un macho, y no quiero que sigan diciendo que me gustan los machitos. Me gusta largo, de mujer, con aretitos, como te he dicho. ¿Cuántas de esas solteronas no quisieran tener un esposo que las consienta tanto, ah?
—¡Au! ¡Pasito! Me lo rompiste. Se me va la vida desenredando esta mata de pelo. Ya me duelen las manos de tanto desenrede y desenrede. Es como si estuvieran empecinados en juntarse y apretarme la cabeza. Tú no entiendes porque tu pelo es corto. Pero el mío se enreda con nada. Me miran y se enreda. Pongo la cabeza en la almohada, se enreda. Me lo lavo, se enreda. Salgo a la calle, se enreda. Pienso y se enreda. Prefiero cortar los benditos nudos y acabar con este martirio de una vez por todas.
—¡Qué nudos ni que nudos! Mira cómo te estás dejando enredar la cabeza con esas payasadas. Eso es por juntarte con esa partida de desocupadas. El día que te vuelva a ver pasándote la tijera, te las voy a quitar. Prefiero que andes torcida a que andes toda trasquilada por la calle.
—¡Au! ¿Pero por qué me jalas así? ¡Mi cuello! Mira cómo te pusiste de rojo. Te estoy viendo desde el espejo. Vas a romper el cepillo. Cada vez que me peinas, termino con un dolor que ni me deja pensar. Me dan ganas hasta de arrancármelo con los dientes.
—¡Ya deja de decir bobadas y ponte derecha!
—Ni que no fuera a crecer otra vez. Es pelo. No puedes contarme cada pelo, ¿sabes?
—¿Cómo que no? Te los tengo todos contados, cada uno de ellos. Sé todos esos disparates que se te pasan por la cabeza. Si tanto te pesa, pues tómate una pastilla y ya. Fácil.
—Por donde paso, voy dejando pelo. Mira el piso.
—¿De qué hablas? Yo en el espejo te veo perfectamente bien.