¿Realmente quiero escribir?

Tengo la impresión de que me he convertido en un ser flojo. O tal vez siempre lo he sido. Me gusta la flojera. ¿Yo qué puedo hacer? Mi mamá me dice que parezco una marmota. Por un buen tiempo pensé que estaba acosada por el mal de la melancolía, por esa detestable peste que se pega con tan solo mirarla, pero ahora no estoy tan segura. El melancólico es un ser ingenioso; triste, pero con ingenio. Y yo no sé si tenga tal cosa. Me cuesta creer que tenga la capacidad de engendrar. Cuando no sé qué escribir, me acuesto y dormito; unas veces me hago la dormida. Muy a mi pesar, las pequeñas ideas vienen entre el sueño y la vigilia. Cierro los ojos, no queriendo pensar, y mi corazón parsimonioso comienza con su algarabía; mi mente empieza a hablar como una cotorra. ¿Entonces sí quiero escribir? Ahí es cuando me levanto, a regañadientes, medio dormida medio despierta, y anoto la idea que vino en medio de la flojera del cuerpo. Una vez me dijeron que por qué hacía tantas preguntas que no iba a responder. No lo sé. Me da pereza encontrar las respuestas. Las preguntas sin respuesta son mis favoritas. Te dejan con este sentimiento de… de desamparo que no hiere. 

Estuve hablando con mis amigos sobre el plagio y pensé: “¿Quién querría copiar semejantes disparates, tanta poquedad de ingenio? No soy un ser universal. ¿Qué habría que copiar en mí?” Como me voy quedando sin ideas, vuelvo a dormitar. Cierro los ojos, esperanzada. Ahora escribo con languidez, a veces incluso escribo mal, con mala ortografía. Me como las letras y las palabras. Pero no es algo deliberado. Solo perdí la costumbre. Mi mano se ha vuelto tan holgazana; perdió el ímpetu y la ligereza que solía tener. Ya no deseo tener muchas manos, así como también deseaba mi amiga Teresa de Jesús, porque escasamente se me ocurre alguna cosa, y me sale mal escrita. Al releer, no sé qué escribí, puras tonteras, quizás. ¿Para qué tener miles de manos si con el martirio de tener dos y no escribir nada me basta? Curiosa cosa esta de escribir durmiendo. Parece una idea descabellada, pero tal vez no lo sea tanto. Mi querida Sor Francisca Josefa oraba dormida. También se espantaba al despertar. Se hacía las mismas preguntas que yo. ¿Cómo podía orar dormida cuando despierta no podía aquietar el alma? Su respuesta, si es que la entendí, es que la oración, en momentos de mucha turbación e inquietud, se entraña, se esconde, muy adentro, pero su fuego no deja de arder. Cuando se suspenden los dolores en el sueño, cuando el cuerpo se afloja, la oración arde. 

Pero de nada vale escribir durmiendo si no me levanto y escribo. “Levántate y escribe”. Son las palabras que escucho continuamente. ¿El escuchar cosas será un efecto de la flojera? A veces no me levanto, sigo durmiendo con el temor de olvidar lo que escribí. Corro el riesgo. Pero hay momentos en los que me levanto y escribo como si fuera una cuestión de vida o muerte. Salen una o dos oraciones mal escritas. “Algo es algo”, me digo. Es el principio, que es lo más agónico e incierto. No se sabe qué vendrá después. ¡Qué agonía! ¡Qué nervios! La palabra primera, la principal. Muchas veces se queda en la punta de la lengua. Ella tampoco se sabe. Pero su inminencia se siente con fuerza en las entrañas. Eventualmente llega, a modo de retorcijón. Me agarro la barriga con una mueca de dolor. “Levántate y escribe”. ¿Qué cosa? ¿Para qué pusiste este deseo en mí si no logro ejecutarlo? ¡Llévatelo! La flojera me gana. Mi corazón late poco. Me gusta quedarme ahí, lánguida, como una marmota. Aun así, hoy me levanté y escribí… ¿o sigo orando?

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