Recuerda: lo único que tienes que saber es que por una de arroz, dos de agua. Por una de arroz, dos de agua. Eso era lo único que sabía con claridad. Así iba por la vida, diciendo que no sabía nada, que lo único que sabía era que por una de arroz, dos de agua. No le importaba nada más en el mundo que hacer un buen arroz. No tiene ciencia, pensaba. Y como no tenía ciencia, era lo suyo. Tener que saber, y tener que saberlo todo como todo el mundo aspiraba, o como aspiraba la sabionda de su hermana, le parecía agotador. Creía que entre más sabían las personas, entre más eruditas, más cabezonas eran. Tal vez por eso su hermana tenía la cabeza cada vez más grande; seguramente le pesaba, y por eso andaba tan amargada casi a diario. En cambio a ella le gustaba llevar la cabeza ligera, sin tanta carga. “Piensa, piensa. Úsala”, le decía su hermana mientras se señalaba la cabeza repetidamente con el dedo. “No la tienes de decoración”. Ante los comentarios, ella se encogía de hombros y respondía con lo único que sabía: “no sé”.


Cuando hablaba, casi siempre se le iba la paloma, y casi siempre se demoraba en regresar, si es que alguna vez lo hacía. En esos momentos, caía en un no saber absoluto, tanto así que ni ella misma se sabía. Sin embargo, justo cuando menos lo esperaba, la paloma regresaba salvajemente, arrebatándola, como en una especie de rapto animal. Segundos antes, sentía su aleteo, pero no sabía cómo explicarlo. No había nada como recordar una palabra perdida después de días, estando sola, sola con su soledad, y sin nadie a quien dirigirla. Se sentía triunfante. Para no atragantarse con el picoteo, gritaba la palabra a los cuatro vientos, sin importarle lo que estuviera haciendo en ese preciso instante. Los otros, por supuesto, la miraban con espanto.
Después de no saber nada todo el día, preparaba su caldero de arroz, al pie de la letra, como le había enseñado su madre, y luego se sentaba a comérselo. Se servía todo un cerro. No le importaba comer arroz solo; es más, a veces comía del mismo caldero, en silencio, y sin pensar en nada. Su momento más íntimo era estar ahí, raspando el caldero con la cuchara. Luego quedaba tranquila, plácida, llena. La mayoría de las veces repetía. Le gustaba lo predecible. Cuando el arroz le quedaba bien, se ponía contenta y andaba toda sonriente y jubilosa. Si le quedaba sopudo o crudo, una amargura terrible la invadía. ¿Cómo era posible? Qué tragedia. Y si un día no comía arroz, le daba dolor de cabeza. Sí, le daba, aunque no lo creas. Una comida no era comida si no había arroz. Algo faltaba. Todo. Si había pasta, se removía con incomodidad durante horas, como si algo le picara. Quedaba con hambre, no se hallaba. Movía el cuello de un lado para el otro, intentando encontrarse, y se masajeaba las sienes, pero algo no cuadraba. “¿No te cansas de comer arroz?”, le preguntaban. Pero la cuestión era que, si no comía arroz, simplemente no se hallaba, como cuando uno no se halla. “Siento un desosiego, un no sé qué”, decía. Comía granos de arroz crudo cada vez que no podía soportarlo más, e iba dejando montoncitos de arroz por ahí regados, señales de su inquietud. “Es desasosiego, no desosiego, tonta”, la corregía la sabionda de su hermana, pero a ella no le importaba. Su hermana la corregía todo el tiempo, ufanándose de lo bien que hablaba y de lo mucho que sabía. Sin saber por qué y sin querer entenderlo tampoco, las palabras mal dichas le sonaban encantadoras. Solo ella sabía cómo se sentía su desosiego. Su hermana siempre quería entenderlo todo. A cada rato era: ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Pero ella, para quien no todo tenía un porqué, respondía: yo solo sé que por una de arroz, dos de agua. “Te vas a enfermar”, le decía la gente. Y ella más se atiborraba de granos de arroz crudos, intentando hallarse.
Sin embargo, su vida cambió un día cualquiera. Comenzó su jornada como siempre. Picó la cebolla larga y molió el ajo en el mortero con un poco de sal. Echó el aceite en el caldero. Un arroz no era arroz sin aceite. Prendió el fogón. Una vez que el aceite se calentó un poco, echó la cebolla y luego el ajo. Los revolvió. Se acercó al caldero e inhaló con fuerza el olor a cebolla y ajo sofritos. Ya había lavado el arroz. “Por una de arroz, dos de agua. Por una de arroz, dos de agua”, se repetía en silencio. Bajó la llama. Echó el arroz ya lavado en el caldero. Lo revolvió con el aceite, la cebolla y el ajo hasta que los granos se transparentaron un poco. Por una de arroz, dos de agua, por una de arroz, dos de agua. Tomó el pocillo y abrió la llave. Uno. Lo echó en el caldero. Chisporroteó un poco. Cuando estaba llenando el segundo pocillo de agua, pasó. Se quedó quieta, pensando —no supo en qué—, pero pensó profundamente con el pocillo en la mano y sin proponérselo. Si es que pensar era lo que estaba haciendo. Tenía la mirada perdida. ¿Cuántas voy? Por una de arroz, dos de agua. Al perder la cuenta, entró en pánico. Echó el agua en el caldero, sintiendo otra vez el desosiego. No se halló. ¿Qué hacer? En medio de la turbación, echó un pocillo más, nerviosa. La sal. Sacó el salero. Lo abrió y metió media cucharada grande, todavía en pánico. Agregó la sal al arroz y lo revolvió como su madre solía hacerlo: en M. Arriba y abajo, arriba y abajo, rozando el fondo del caldero con la cuchara. Tenía que chirriar, porque si no chirriaba, iba a quedar insípido. Arriba y abajo. Volvió a quedarse pensando, esta vez mirando el caldero mientras revolvía. Pensó y pensó. Pero ni siquiera sabía en qué pensaba tanto; no era un pensamiento particular ni una ráfaga de ideas. Solo iba arriba y abajo, oyendo el chirriar de la cuchara contra el caldero. Después de no sé cuánto tiempo, se espabiló y probó un poquito de agua del arroz. Estaba bien. Iba a cerrar el salero, como siempre, y sucedió. Sin pensar, intentó cerrar el salero con la tapa del caldero. El desatino la dejó despavorida y con la piel de gallina. Pocas cosas le erizaban la piel: el contacto de las uñas con las medias y ahora eso. Estaba tan aterrada que se santiguó, no una, sino tres veces, diciendo: “¡Dios mío, protégeme!”. Cuando se secó el arroz, le puso la tapa y bajó el fuego, obligándose a no pensar en nada. Pensar era peligroso. Seguía sin hallarse. Esas cosas no le habrían pasado de no haberse ensimismado de esa manera. Tuvo la tentación de quedarse analizando el asunto, de seguir dándole vueltas, arriba y abajo, pero se contuvo. Lo ocurrido le revolvía las entrañas y le ponía la piel de gallina. Que lo analizara su hermana, porque ella no nació para eso.
Por momentos, creía que no era un ser pensante; de hecho, pasaban días sin que se le ocurriera algún pensamiento. Pero luego se le venían ideas calamitosas: que se le quemara el arroz, que le quedara sopudo o incluso crudo. Y ni hablar de confundir la sal con el azúcar. Dios mío. Sería terrible. De nuevo la piel de gallina. Pero preparar arroz de fideos era una verdadera actividad de alto riesgo. La más ligera de las distracciones podía provocar que los fideos se quemaran. Por eso los miraba fijamente, entrecerrando los ojos, mientras los revolvía, con la llama ni muy alta ni muy bajita, asegurándose de tener siempre la mente en blanco. El olor a fideos friéndose con el ajo era su obsesión. Acercaba la cabeza al caldero y aspiraba dichosa. A veces se le escapaba uno que otro pensamiento intruso, arruinándolo todo. Cuando veía que se le habían quemado unos fideos, ni siquiera se acordaba en qué estaba pensando. Los intrusos ya se habían escabullido después de hacer su desastre. Luego la invadía una rabia cruda, y maldecía bajito. Pasaba enfurruñada el resto del día. Se suponía que hacer un arroz no tenía ciencia.
Pero como la práctica hace al maestro, todas las noches se acostaba con la determinación de perfeccionarse al día siguiente. Por una de arroz, dos de agua. Por una de arroz, dos de agua. Nada de distracciones. Un día volvió a ocurrir. Perdió la cuenta, confundió las tapas, no se halló. Los episodios se hicieron cada vez más frecuentes, y empezó a confundir las tapas de otros tarros. ¿Qué iba a hacer ahora? Solo sabía hacer arroz. Estaba perdida. En una ocasión, la sabionda entró a la cocina y la encontró mirando a la nada, con el pocillo en la mano. Al verla así, frunció el ceño exageradamente. “¿Qué haces ahí toda embobada, ah? ¿En qué tanto piensas?”, le preguntó la hermana. Al cabo de unos segundos, la sabionda vio cómo la otra parpadeó y echó el agua en el caldero, moviendo los labios ligeramente, como si estuviera mascullando algo. Luego la vio mirar hacia arriba, como pensando mejor. Notó que a la embobada se le había puesto la piel de gallina. Después, al ver que intentó cerrar el salero con la tapa del aceite por una fracción de segundo, pensó: ahora sí se chifló. Y con ese tono habitual de soberbia que tienen los que creen que todo lo saben, soltó mientras salía de la cocina: “Por eso es que se te quema el arroz, porque vives con la cabeza quién sabe en dónde. En lugar de estar pensando en bobadas, presta atención a lo que haces”. La otra se quedó mirando las tapas con aire pensativo mientras fruncía el ceño. ¿De verdad no tenía la cabeza en su lugar? ¿La tenía de decoración? Se santiguó tres veces. Su hermana se lo restregaría en la cara de por vida: ni siquiera sabía hacer un simple arroz. En ese momento, se tocó la frente. Debía de estar enferma, sí. Debía de ser eso. Era definitivo: no sabía absolutamente nada en el mundo.
Y aunque nunca le había importado ser una tonta, se sintió derrotada y empezó a comer arroz crudo desaforadamente, mirando al vacío. Pasó varios días en cama, meditabunda, enferma, masticando, siempre con un montoncito de granos de arroz crudo en la mesita de noche. No preparó arroz en esos días. “Se te van a partir los dientes si sigues comiendo arroz crudo”, le decía su madre cuando la veía ahí, acostadota, pensando en quién sabe qué, en lugar de estar haciendo algo productivo. ¿En qué tanto pensaba? Pero lo que más rabia le daba a su madre era llegar del trabajo y encontrar las bolsitas de arroz medio abiertas e incompletas. “Lo que faltaba: ahora en esta casa hay ratones”, vociferaba mientras preparaba el arroz que la otra no se había dignado a preparar en días.
Y dicho y hecho: enfermó. Un día se despertó con unas náuseas terribles y vomitó hasta el alma. En pocas horas, su estado empeoró tanto que llamaron a un médico. El hombre la encontró verde de lo pálida. “¿Qué le pasa?”, le preguntó él, tocándole la frente perlada de sudor frío. Como pudo, ella respondió: “No sé. Siento como un desosiego por dentro. No me hallo”. “Ya te dije que es desasosiego, no desosiego”, la volvió a corregir la hermana, quien estaba al lado de la cama. El hombre le recetó unas aspirinas, hidratación y mucho reposo. Horas después, murió. La repentina muerte sorprendió a todos, en especial a la sabionda, quien no hallaba explicación para lo sucedido mientras observaba el cuerpo amortajado de su hermana. ¿En qué pensaba? No lo sé, al parecer no sé todo sobre ella.

